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Donde da la vuelta el aire (Los gozos y las sombras 2) by Gonzalo Torrente Ballester

By Gonzalo Torrente Ballester

Los gozos y las sombras es ­,una de las más logradas empresas de los angeles narrativa española contemporánea­, se articula en torno a las tensiones y conflictos que genera en Pueblanueva del Conde el enfrentamiento entre los angeles Galicia feudal, atenazada por los angeles decadencia, y los angeles sociedad moderna que comienza su impossible to resist as

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Habían pasado las últimas casas cuando ella preguntó: -¿Adónde me lleva? -A pasear. -Me da usted miedo. O... -¿O qué? -... me doy miedo a mí misma. Cayetano detuvo el coche de un frenazo fuerte. Se volvió hacia ella. -Eso, ya ve, no lo entiendo. -¡Es que usted no lleva la muerte encima! Si la llevara, como yo, sentiría una rebelión. Entornó los ojos. Algo así como las ganas de ser feliz. Cayetano puso en marcha el coche. Atravesaban un pinar oscuro, con 31 Los gozos y las sombras II. Donde da la vuelta el aire guedejas de niebla enredadas en las copas.

Don Baldomero corrió a la cómoda y trajo una medicina. -Toma esto y no hables. Esperó, con la píldora y el vaso de agua en las manos, hasta que pasó el arrechucho. -¡Gracias! Déjame sola. Y, por favor, no duermas conmigo. Manda que te preparen la otra cama. -Como quieras. -Marcharé a la montaña en cuanto me sienta con fuer¿as para el viaje. Y no te aflijas por mí, ni sientas remordimiento. No somos responsables de nuestro destino. El tuyo fue hacerme desdichada, y el mío... Volvió a llorar. Don Baldomero permaneció de pie unos minutos; luego salió al pasillo.

A ti que te hagan propietario de los barcos a través del Sindicato, y entonces ya veremos tú y yo. -Los barcos son de la Vieja. -¿Pensáis que lo serán eternamente? Carlos dejó de escuchar. Se deslizó por la acera, pegado a las paredes. Más adelante, la calle, oscurecida, se iluminó: los faros del astillero alumbraban desde los postes altos, y en algún lugar un canalón movido por el viento hacía estridentes ruidos. Llegó a casa de Cayetano. Un guarda del astillero le salió al paso. -Por aquí, señor.

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