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El general en su laberinto by Gabriel García Márquez

By Gabriel García Márquez

El basic Simón Bolívar, “El Libertador” de los países de América del Sur, da, por última vez, un nostálgico viaje por el río Magdalena en el que vuelve a visitar ciudades en sus orillas donde revive sus triumfos, sus pasiones y las traiciones de toda una vida. Poseedor de un gran encanto own, prodigiosamente afortunado en amores, en los angeles guerra y en los angeles política, todavía baila con tanto entusiasmo y habilidad que los que lo ven no pueden creer lo enfermo que está. Apasionado por los recuerdos del poder que tuvo, y de su sueño de unidad continental que nunca logró realizar, Bolívar es un ejemplo conmovedor de cuánto puede ganarse —y perderse— en una vida.

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La última noche de Honda tenía ya las fuerzas tan disminuidas, que debía restablecerse en los intermedios aspirando los vapores del pañuelo embebido en agua de colonia, pero bailó con tanto entusiasmo y con una maestría tan juvenil, que sin habérselo propuesto desbarató las versiones de que estaba enfermo de muerte. Poco después de la medianoche, cuando regresó a casa, le anunciaron que una mujer lo esperaba en la sala de visitas. Era 42 elegante y altiva, y exhalaba una fragancia primaveral. Estaba vestida de terciopelo, con mangas hasta los puños y botas de montar del cordobán más delicado, y llevaba un sombrero de dama medieval con un velo de seda.

El general asumió el riesgo de un incidente diplomático grave, no sólo por admitir al joven Agustín con sus títulos militares, sino por hacerlo su edecán. Agustín fue digno de su confianza, aunque no tuvo ni un día feliz, y sólo su costumbre de cantar le permitió sobrevivir a la incertidumbre. De modo que cuando alguien lo hizo callar en las selvas del Magdalena, el general se levantó de la hamaca envuelto en una manta, atravesó el campamento iluminado por las fogatas de la guardia, y fue a reunirse con él.

Qué no daría yo para que lo oyera mi madre». El segundo día de navegación vieron haciendas bien cuidadas con praderas azules y caballos hermosos que corrían en libertad, pero luego empezó la selva y todo se volvió inmediato e igual. Desde antes habían empezado a dejar atrás unas balsas hechas de enormes troncos de árboles, que los taladores de la ribera llevaban a vender en Cartagena de Indias. Eran tan lentas que parecían inmóviles en la corriente, y familias enteras con niños y animales viajaban en ellas, apenas protegidas del sol con escuetos cobertizos de palma.

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